Dignidad periférica

Artículos como el que aparece en el dominical de El País del día 21 de enero, sobre la cooperación ciudadana para, a lo largo de varias décadas, convertir una zona degradada de la periferia barcelonesa en un ejemplo de integración social y de lucha por los derechos, da un poco de esperanza a los pocos que creen que el asociacionismo es la mejor arma para conseguir barrios y ciudades más habitables.
Nou Barris lo han convertido en lo que es ahora los vecinos, y no las instituciones públicas, aunque nunca se han desaprovechado ayudas, sobretodo económicas. Y mucha ilusón, esa que faltaba cuando la gente ya no creía en aquello de que la unión hace la fuerza y el individualismo se convirtió en la excusa para la desidia, es la que convierte espacios inertes en centros públicos de actividad cultural.
La pena es que en Madrid todo eso se perdiera hace ya muchos años, y esa desidia hace que asumamos como incontestables cualquier decisión que nos venga de las administraciones locales (obras que no entendemos, reformas absurdas, manipulación en los medios, intromisiones en la política nacional con fines electoralistas …). En fin, que componemos el campo ideal para que los
políticos hagan lo que quieran y las pocas veces que se protesta por algo se ridiculiza, muchas veces porque la protesta en sí lo es (recordemos a cierta baronesa que de repente se hizo ecologista).
Tampoco hay que olvidar que a veces sí se atiende a las pocas voces que protestan o simplemente sugieren (un carril bici gracias a las firmas de los interesados, por ejemplo).
Como conclusión, se pueden sacar dos ideas después de la lectura de este reportaje del que mostramos al final el enlace. La primera, que ya se comentaba en una entrada anterior, es que no tiene sentido una estructura centralista en la ciudad de Madrid (que muchas veces es más mental que física). Barrios dormitorio, sin apenas actividad cultural (no incluir, por favor, los templos del consumo) y en las que todos sus habitantes acuden al centro de la ciudad para casi todas las actividades del ocio y a otros centros para trabajar (lo que provoca muchos de los colapsos actuales en el transporte público). La cultura de barrio debe volver, la dignidad de vivir en la periferia y así evitar aglomeraciones tan absurdas como las que se dan cuando
todo el mundo va alos mismos sitios a tomar copas (provocando ruido, mal olor… en muchas ocasiones), a ver arte o simplemente para pasear (y no sólo en la Plaza Mayor en navidad).
Y la segunda idea es que la participación ciudadana no es solo una vez cada cuatro años, y que todos y todas decidimos sobre el lugar en el que vivimos, en el que convivimos con nuestros vecinos y en las zonas públicas en las que juegan los que formarán el futuro de nuestra sociedad.

El prodigio de Nou Barris

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